Y en Europa... ¿que hacemos?

Editorial
Luís García de San Miguel
Director Empresa Exterior España
Cuando comenzaron a llegar a nuestras costas las primeras olas de la crisis, aún no tsunamis pero cuyo epicentro estaba bien claro (el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, con la ¿sorpresa? de las hipotecas subprime) numerosas voces del Viejo Continente se alzaron orgullosas para anunciar una nueva era, en la que las ideas y enfoques económicos europeos iban a primar sobre lo que viniera del otro lado del Atlántico.
Íbamos a sufrir la crisis, sí, cuyos principales responsables eran la impericia financiera norteamericana y la total falta de control sobre opacos instrumentos y prácticas empresariales que en Washington y Wall Street tanto se estilaban... pero en Europa estábamos mejor preparados para afrontarla, gracias a la ¿fortaleza? del Estado del Bienestar, denominador más o menos común de los miembros de la UE. ¡En España incluso contábamos con superávit público a comienzos de 2008!
Pero la cruda realidad y el paso del tiempo se encargaron de sacarnos de nuestro autoengaño: la crisis golpea aquí en 2009 con igual fuerza, si no más, que en Estados Unidos. En pleno debate sobre si la Unión Europea iba a hacerse con el futuro liderazgo de la economía mundial, tanto en espíritu como en práctica, lo sucedido durante la última semana nos muestra un contraste brutal.
En Estados Unidos, el Plan Obama para combatir la crisis y dotado con 787.000 millones de dólares (el mayor esfuerzo público desde el New Deal de Roosevelt) se muestra como una respuesta sólida y articulada para combatir la situación actual, destinado a reactivar la economía 'real' a través de inversiones en infraestructuras y recortes fiscales a los hogares, con el fin de generar hasta 4 millones de empleos.
Las reacciones ante el Plan fueron variopintas, pero en general contaron con un apoyo mayoritario y firme, tanto en el Congreso y Senado como a pie de calle. Ello, sumado a la rápida legislación para gravar con un impuesto del 90% las incomprensibles retribuciones de los ejecutivos que llevaron a AIG al borde del abismo, ofrece a Estados Unidos y al mundo la impresión de que la Administración Obama "se mueve".
No sucede lo mismo en el seno de la Unión Europea, cuya respuesta conjunta ante la crisis no cuenta con unidad, solidez y empaque suficiente. Ese comportamiento no es propio de un pretendido primer actor mundial que, por ahora, y máxime en tiempos duros como los actuales, se divide en decenas de voces independientes y además tiene que sufrir su descabezamiento temporal, tras la caída del Gobierno checo, que ostenta durante el primer semestre la presidencia de turno de la Unión. Mal momento para no tener un portavoz ante el mundo.
Estados Unidos seguirá siendo por ahora el primer actor mundial, ante todo porque ofrece una imagen sólida y cuasi-unánime, mientras que en el seno de la Unión Europea siguen primando los intereses individuales.
Mucho habrán de cambiar los planteamientos si algún día de veras queremos ser, todos juntos, la máxima potencia.
| Revista Empresa Exterior Nº 290 | |||||||
| Miércoles, 01 de Febrero de 2012 | |||||||
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