¿Es el Mercado Único algo meramente superficial? ¿una moneda, una cultura?
Desde Enero de este año el euro, la nueva moneda única europea, está en doce países de la Unión. Más de trescientos millones de europeos utilizan una misma moneda pero, ¿es el euro un factor de cohesión cultural entre nosotros?
Parece ser que no. Las monedas nacionales -peseta, marco, franco,...- han sido un importante símbolo de identidad al que, eufóricos o reticentes, millones de ciudadanos han renunciado en aras del proceso de unificación de Europa. Considerado un hito histórico, no parece sin embargo que el euro sea, al menos de momento, una solución a las diferencias culturales entre los países de la Unión.
Y es que, en realidad, la mayoría de los ciudadanos europeos no son conscientes de que Europa se ha convertido en un gigantesco mercado doméstico extraordinariamente variado y complejo. En consecuencia, el simple concepto de 'diferencias culturales' y cómo gestionarlas es bastante novedoso en Europa, en general, y prácticamente ignorado en España, en particular.
Aunque parezca lo contrario, para las multinacionales y las grandes y medianas empresas europeas las cosas no son muy distintas. Muchas de ellas ni siquiera se llegan a plantear el impacto que las profundas diferencias culturales que hay en Europa va a tener que soportar un ejecutivo destinado o simplemente en misión comercial a otro país europeo, y cómo va a afectar dicho impacto a su trabajo y a la propia empresa. Otras empresas, aun intuyendo o conociendo esas diferencias culturales, no contemplan la idea de invertir -que no gastar- dinero y tiempo en formar adecuadamente al personal expatriado o a negociadores o comerciales internacionales sólo temporalmente desplazados, dejando así en manos de las cualidades 'innatas' de éstos, o simplemente del azar, importantes inversiones, negocios, clientes, etc.
Sin embargo, y a pesar de esta ignorancia consciente o inconsciente, esas diferencias existen y son profundas. Los perfiles culturales de Francia y Finlandia, del Reino Unido y Portugal, de Austria y Suecia o de Grecia y Dinamarca, por citar sólo algunos ejemplos, son diametralmente opuestos (1).
La moneda única no va a ayudar a cambiar sustancialmente las cosas. Es posible que, gracias a ella, se extienda una cierta sensación de unidad pero, al menos de momento, no parece que vaya a limar las diferencias culturales entre nosotros y contribuir a la comunicación intercultural en los países de la Unión.
Otra prueba de ello es la aún escasa movilidad laboral de los ejecutivos y profesionales europeos -francamente preocupante en España-, a pesar de las facilidades para vivir y trabajar -y ahora cobrar y pagar- dentro de la Unión. Pero, aún es más grave, puesto que cuando esa movilidad se produce, en muchas ocasiones es ficticia. La inmersión cultural es mínima. "Se trabaja con colegas franceses, en una empresa francesa y en un ambiente francés, sólo que en otro país de la Unión -comenta Isabelle Roisy, consultora intercultural de París-, de modo que el conocimiento de la otra cultura se reduce a impresiones superficiales".(2) Y donde pone Francia, ponga Alemania, o España, y el resultado será el mismo.
De modo que la comunicación intercultural en la Unión Europea no es una cuestión monetaria, sino fundamentalmente de mentalidad individual y de cultura y política de empresa. No obstante, todos los medios para ayudar a conocernos y comprendernos mutuamente son válidos y necesarios, incluido el euro. De momento sí hay una cierta sensación de acercamiento entre nosotros gracias a él. Quizás contribuya a algo más, aún es muy joven. Démosle tiempo al tiempo o, mejor dicho, démosle tiempo al dinero.
(1) En relación a los índices de distancia de poder, individualismo, masculinidad y evitación/control de la incertidumbre de Hofstede.
(2) Intermundo
Parece ser que no. Las monedas nacionales -peseta, marco, franco,...- han sido un importante símbolo de identidad al que, eufóricos o reticentes, millones de ciudadanos han renunciado en aras del proceso de unificación de Europa. Considerado un hito histórico, no parece sin embargo que el euro sea, al menos de momento, una solución a las diferencias culturales entre los países de la Unión.
Y es que, en realidad, la mayoría de los ciudadanos europeos no son conscientes de que Europa se ha convertido en un gigantesco mercado doméstico extraordinariamente variado y complejo. En consecuencia, el simple concepto de 'diferencias culturales' y cómo gestionarlas es bastante novedoso en Europa, en general, y prácticamente ignorado en España, en particular.
Aunque parezca lo contrario, para las multinacionales y las grandes y medianas empresas europeas las cosas no son muy distintas. Muchas de ellas ni siquiera se llegan a plantear el impacto que las profundas diferencias culturales que hay en Europa va a tener que soportar un ejecutivo destinado o simplemente en misión comercial a otro país europeo, y cómo va a afectar dicho impacto a su trabajo y a la propia empresa. Otras empresas, aun intuyendo o conociendo esas diferencias culturales, no contemplan la idea de invertir -que no gastar- dinero y tiempo en formar adecuadamente al personal expatriado o a negociadores o comerciales internacionales sólo temporalmente desplazados, dejando así en manos de las cualidades 'innatas' de éstos, o simplemente del azar, importantes inversiones, negocios, clientes, etc.
Sin embargo, y a pesar de esta ignorancia consciente o inconsciente, esas diferencias existen y son profundas. Los perfiles culturales de Francia y Finlandia, del Reino Unido y Portugal, de Austria y Suecia o de Grecia y Dinamarca, por citar sólo algunos ejemplos, son diametralmente opuestos (1).
La moneda única no va a ayudar a cambiar sustancialmente las cosas. Es posible que, gracias a ella, se extienda una cierta sensación de unidad pero, al menos de momento, no parece que vaya a limar las diferencias culturales entre nosotros y contribuir a la comunicación intercultural en los países de la Unión.
Otra prueba de ello es la aún escasa movilidad laboral de los ejecutivos y profesionales europeos -francamente preocupante en España-, a pesar de las facilidades para vivir y trabajar -y ahora cobrar y pagar- dentro de la Unión. Pero, aún es más grave, puesto que cuando esa movilidad se produce, en muchas ocasiones es ficticia. La inmersión cultural es mínima. "Se trabaja con colegas franceses, en una empresa francesa y en un ambiente francés, sólo que en otro país de la Unión -comenta Isabelle Roisy, consultora intercultural de París-, de modo que el conocimiento de la otra cultura se reduce a impresiones superficiales".(2) Y donde pone Francia, ponga Alemania, o España, y el resultado será el mismo.
De modo que la comunicación intercultural en la Unión Europea no es una cuestión monetaria, sino fundamentalmente de mentalidad individual y de cultura y política de empresa. No obstante, todos los medios para ayudar a conocernos y comprendernos mutuamente son válidos y necesarios, incluido el euro. De momento sí hay una cierta sensación de acercamiento entre nosotros gracias a él. Quizás contribuya a algo más, aún es muy joven. Démosle tiempo al tiempo o, mejor dicho, démosle tiempo al dinero.
(1) En relación a los índices de distancia de poder, individualismo, masculinidad y evitación/control de la incertidumbre de Hofstede.
(2) Intermundo
| Revista Empresa Exterior Nº 290 | |||||||
| Miércoles, 01 de Febrero de 2012 | |||||||
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